La noción de la nada ha ocupado un lugar central en la filosofía existencialista y en el psicoanálisis lacaniano. Para Sartre, la nada es condición de libertad: el ser humano se constituye en la posibilidad de decir “no”, de desidentificarse, de abrir un espacio de elección. Para Lacan, la falta estructural es el núcleo del sujeto: el inconsciente se organiza alrededor de una falta que nunca se colma. En ambos casos, el vacío es el soporte de la subjetividad.
El consumismo, en cambio, despliega una lógica cultural que busca hacer de la nada un motivo de vergüenza: la falta es convertida en un déficit que debe ser permanentemente compensado. La sociedad contemporánea convierte el vacío en carencia y la carencia en motor de mercado. Si el consumismo ha triunfado, es porque ha logrado aprovechar la lógica del deseo mediante los efectos fantasmáticos de la publicidad.
La publicidad opera como una máquina de fabricar fantasías: cada anuncio promete que, si compras este producto, alcanzarás por fin la completitud que te falta. La investigadora Aliette Lambert mostró mediante un estudio etnográfico con mujeres jóvenes, cómo el mercado neoliberal produce sujetos "acríticos, precarios y con tendencias psicóticas": al no tener anclajes simbólicos estables, estas personas buscan en los objetos de consumo un sentido de identidad que nunca termina de llegar, lo que genera ansiedad y una sensación permanente de vacío.
La nada se convierte en tabú, se vuelve intolerable y por ello se lo cubre con exceso: objetos, imágenes, estímulos. El resultado es una sociedad saturada y frustrada, ya que la falta que es estructuralmente imposible de colmar, hace del sujeto el culpable de esta frustración; más concretamente, culpable por su poco poder adquisitivo.
Por su parte, la socióloga Susana Rodríguez Díaz recuerda que el consumo tiene raíces etimológicas que remiten a "destruir, saquear, acabar". En las sociedades avanzadas, el acto de comprar ha pasado de ser un medio para satisfacer necesidades a convertirse en el principal definidor de la identidad personal que vende no sólo productos sino estilos de vida, experiencias y mitologías.
Desde la lógica de lo Real que se muestra a través del vacío como representación del fracaso dialéctico, como respuesta a lo que no puede ser subsumido en lo simbólico, como insistencia de lo que no deja de no escribirse, genera toda clase de ansiedades y compulsiones en quienes encarnan el discurso de la totalidad; el ego esta basado en el desconocimiento imaginario de la imposibilidad de la completud. (Stavrakakis, 1999)
Frente a esta maquinaria, dejar espacio para la nada es un gesto de resistencia. Es reivindicar el silencio en medio del ruido, la pausa en medio de la aceleración, la falta en medio de la saturación. La crítica cultural al consumismo consiste en mostrar que la nada no es solo carencia sino también el núcleo operativo de la subjetividad. Allí donde el mercado dice: “no te va a faltar nada cuando lo tengas todo”, el sujeto puede responder: “no me falta nada porque tengo la nada de mi lado”.
Roberto Reyes
Tomado de Facebook