“Lo que más poderosamente llama la atención de los uitotos es que en los variados mitos con que aluden a lo primordial se transparenta un afán por llegar a lo más abstracto posible, para con ello fabricar la realidad. No puedo dejar de pensar en los presocráticos y su búsqueda del arjé, el elemento primero en el cual van a consistir todas las realidades. Estas realidades se originarían en dicho arjé y desde ahí llegarían al presente mediante múltiples transformaciones. Así lo postularon los tres milesios: Tales vio el «agua» en el comienzo; Anaxímenes, el «aire»; y Anaximandro, lo «indeterminado». El Efesio (Heráclito) se inclinará por el «fuego» y Empédocles de Agrigento, más ecléctico, nos dirá que fueron los cuatro elementos básicos: el agua, la tierra, el aire y el fuego, teoría que se mantuvo vigente por casi dos milenios.
Regodeémonos en la maravillosa aventura del pensamiento entre los uitotos. Echaré mano de varios mitos.
Los creadores necesitan una materia prima con qué hacer la obra. ¿Qué es lo más inasible en la selva amazónica, pero que al mismo tiempo aparece en ella con una mínima materialidad? ¿Una frágil semilla aérea? ¿No será mejor, algo que se descubre más porque opone resistencia que por ser percibido por la vista? Un hilo, la casi imperceptible hebra de una telaraña que, al compactarse mediante un movimiento rotatorio en la yema de los dedos, generará un pequeño copo de donde saldrá todo. Pero como esto no es suficientemente abstracto, se irá más allá y se mentará un hilo de araña, pero un «hilo soñado». Con él se atará la nada y allí comenzará todo.
O puede ser que el creador sea solo corazón, corazón bueno, corazón que habla, un ser sin extremidades, solo corazón. Entonces ese corazón busca las palabras con las que él mismo fuera formado. Y así la palabra, que es solo vibración, será el elemento con el cual se construya todo. Por eso, en el fondo del canasto cósmico donde reposa lo primordial solo hay palabras, solo aire, solamente ilusión, solo sueño. Pero los uitotos van más allá: es necesario generar el órgano que permita ver lo que va a ser primero. Es que sin un contemplador nada existe.
El Abuelo Siake de la nación Okaina,* etnia muy cercana cultural y lingüísticamente a los uitotos, especula así:
En el principio el Padre abrió su vista.
Su ojo estaba vacío y no vio nada.
Después de mucho parpadear
terminó por percibir un puntito entre la nada,
«una basurita de nada».
A medida que parpadeaba y parpadeaba con su ojo vacío
ese puntito fue creciendo,
se acercaba y se alejaba
se agrandaba y se achicaba esa basurita de nada…
hasta que ese punto se metió entre su ojo y se convirtió en la pupila.
Pero a esto mismo, a esto que era casi nada,
lo empezó a extender y a darle consistencia
hasta que fue bien firme aquella cosa.
En ella se sentó y comenzó a crear.
Y su forma de crear
fue haciendo explotar ese banco en que estaba sentado
igual a como estalla la gran cápsula
donde la ceiba roja atesora sus semillas aéreas;
Al reventarse
el viento las dispersa por doquiera.
Y luego termina de configurar todas las cosas nombrándolas. Un dios que es solo vacío y que comienza por inventar el ojo que le permitirá ver lo que va a nombrar. Ojo: asiento de la realidad, el que hace posible fraguar realidad.
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* El abuelo Siake fue entrevistado en la década del ochenta por mi alumna María Cecilia López (que hoy tristemente ya no está con nosotros). Poco tiempo después el abuelo me amplió esa versión